En el bolsillo de tu campera podés hallar tu pasaje al pasado

Encontrar el ticket del museo de la última visita al exterior, es un viaje de vuelta instantáneo. Descubrir ese tesoro es una proyección virtual del episodio, y me permite visualizar con lujo de detalle mi llegada apurada en taxi -porque se me hacía tarde para el tour-, y acordarme de cada instante de la discusión con el conductor que se negaba a poner Waze, como así también de todo lo que aprendí cuando finalmente llegué gracias al humor del guía. La contraseña para viajar al pasado puede ser un boleto de teatro, una tarjeta de un restaurante o incluso una golosina. Y descubrirlos me hace revivir cada uno de los momentos de esa jornada que, con el paso del tiempo, van filtrando los inconvenientes -y taxistas- hasta hacerlos imperceptibles.

 

ID 95981892 © Sergey Khakimullin | Dreamstime.com

 

 

Hay experiencias que son agradables en el mismo instante vivido, pero la mayoría tienen ese grado de dificultad o desafío; y esa categoría es sin lugar a dudas la más importante porque nos marcan tipo tatuaje para siempre. Yo tengo muchas. Algunas que ya están borrosas por el paso del tiempo. De las más antiguas es la memoria de guardarme siempre en una carterita el papel de carta del hotel, con la dirección y número de teléfono del mismo por si me perdía. Y efectivamente una vez me pasó (y sí, mis papás estaban en la excursión). Y a pesar del mal momento y de que todos empezaron a discutir para que lado seguir caminando, yo me sentí una heroína por tener los datos que nos permitieron volver sanos y salvos… Por supuesto que todavía atesoro el papel de carta en cuestión, junto al de cada hotel que visité a lo largo de mi vida.

Como ése, tengo varios machetes que me recuerdan andanzas irrepetibles. Por ejemplo, el ticket del primer subte que me animé a subir sola en Nueva York, pero que en vez de aparecer en el coqueto barrio de Carrie Bradshaw, terminé en el Chino. O la boleta de la bicicleta que alquilé en Paris para llegar a un concierto: que me recuerda la imperiosa necesidad de abandonar el velocípedo después de una hora de pedalear por barrios que lejos del estilo Parisino, parecían campos de refugiados. Por más que en ese exacto momento lo único que deseaba era asesinar a quien me había sugerido la opción de ir en bici al recital, hoy…casi dos años más tarde puedo rememorar la experiencia como un acto de resistencia, ¡y también aprendí a nunca más aceptar sugerencias del susodicho sobre medios de transporte!

 

Esas experiencias son las que le ponen sal y pimienta a nuestra vida; y revivirlas con viajes virtuales nos permiten recordarlas a la distancia con un sabor más dulce. Por eso les deseo a mis lectores que en este 2019 que comenzó, acumulen aventuras de esas que dejan como resabios mucho más que papeles de caramelos. No hace falta subirse a un avión. Pueden ser paseos a lugares cercanos, que se pueda llegar caminando, sin pasaporte ni frontera por cruzar. Solo se necesita salir de la zona de confort y adentrarse en otro espacio que despierte la curiosidad. Les recomiendo atesorar todo lo que necesiten para después evocar la experiencia. En días de lluvia como tantos durante esta época en Israel, es posible rememorarla con solo ordenar el placard, y meter la mano en cada cartera y recoveco para viajar en el tiempo y volver a sentir ese gustito infaltable que le da sabor a nuestra vida.

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