Un momento en París

La última vez que volvía a Israel desde San Juan –Argentina-, tuve ocho horas de espera de conexión entre un vuelo y otro y fueron en París. Fue un tiempo fuera, un “break" entre una realidad y otra. Un momento de desconexión con el mundo exterior y una reconexión en mi cabeza. Como viajar en ese colectivo que ya conocemos el camino y nos dejamos llevar por las imágenes repetidas que nos descubre la ventanilla. La misma liviandad con la que uno aguarda en una impersonal sala de espera perdiéndose en un libro o en la pintura de mal gusto que cuelga muerta en la pared.

 

Casi empujada por una cinta eléctrica y expulsada de las entrañas de la tierra hacia afuera, el cielo abrumado de París me abrazó con sus nubes tristes y románticas. Me senté en un bar de esquina a tomar un café sin sabor, deshaciendo el tiempo como cubos de azúcar, pasando las hojas de un libro, descongelando letras en un cuaderno, paseando como una turista por mi mente completamente en blanco. Esta vez lo había leído (al libro) saltando de un párrafo a otro, de una página a otra sin prestarle casi atención. Es que, todo el tiempo, mi cabeza se estancaba en un pensamiento, atrapada por una palabra suelta y mis ojos continuaban leyendo a su propio tiempo. Siempre fue tarde cuando volvía a enfocarme en la historia del libro, sentía que algo se me había escapado, pero ya no podía volver atrás. Simplemente no podía.

 

Me gusta leer los libros varias veces, siempre me cuentan algo nuevo, pero ésta era la primera vez que lo leía después de haber visitado el lugar donde transcurre una gran parte de la historia: Praga. Y eso me hizo vivir el libro diferente. Me imaginaba más reales los escenarios, los apartamentos donde vivían los personajes, el taller de la artista, su sombrero, su espejo, el café donde la obsesiva enamorada trabajaba, los escapartes de las tiendas y los ventanales de las casas que limpiaba el médico cuando renunció a todo por un artículo de revista mal interpretado. Y recordaba la Praga que conocí, con sus calles adoquinadas y su puente, su metro, las gárgolas y esa catedral. Y mientras recordaba Praga me sorprendí sentada en ese café en París, en pleno invierno, con el tiempo nuevamente detenido en mis manos.

 

Entré al Centro Pompidou para pasear un poco entre esculturas y cuadros, dejando el tiempo desprenderse de mí como granitos de arena. El edificio tenía unas escaleras externas cubiertas por una cúpula de plástico transparente que en ese enero guardaban bastante frío. Subía por ellas mientras iba descubriendo los techos de la ciudad en esa neblina gris: los parejos y finos edificios de enfrente, con sus chimeneas delgadas y largas soplando humo, como si fueran tranquilas fumadoras empedernidas. Parecía que de un momento a otro iban a desaparecer en la bruma. Se extendía la ciudad pasiva y suave en el confuso horizonte y de repente en el fondo, entre la fosca y el frío la descubrí, a la torre, como un esqueleto gigante.

 

Foto: Ivana Taft

 

 

Otra vez me encontré bajando tres pisos para tomar un metro y viajar por sus venas hasta poder dar con ella. Imaginaba salir de la boca del subte y encontrarme con un descampado enorme y en el medio toda majestuosa: la torre… pero volví a salir a una calle de adoquines con edificios de piedra altos y un tránsito de cualquier lugar. El GPS me mostraba que "ahí" estaba la torre, pero yo no la alcanzaba a ver ¿cómo podía ser? Estaba parada en la esquina de una angosta calle pretendiendo continuar en línea recta hasta descubrirla en mi horizonte pero al mirar con descuido hacia un lado ella estaba allí, de repente, a mi izquierda, naranja y fría. La Torre Eiffel. Era para lo que había soportado ese frío. Di una vuelta a su alrededor, intentando sentir su vibración, palpar si presencia de gigante observador silencioso. Estaba allí, mezclada conmigo, con la novela de Praga y sus protagonistas, y mi cabeza todavía viajando. La saludé para siempre y volví sobre mis pasos.

 

 

 Foto: Ivana Taft

 

 

 

Miraba por la ventanilla del avión pensando que París me había regalado ocho horas de estar flotando sola entre esa taciturna niebla, acompañada de personajes del libro que traía apretado bajo el brazo, un silencio entre una realidad y otra, una desconexión del mundo externo, una reconexión en mi cabeza.

 

El París que conocí fue de postal eterna. De gris invierno, de frío seco que se colaba entre la ropa.  El beso de post guerra frente al ayuntamiento perpetuado en blanco y negro. Un París de melancólica novela.

 

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