Entrevista a Victoria Penas, Coordinadora de guías del Centro Ana Frank (CAF)

Ser protagonistas de la historia

 

Emprendí esta nota con todo el entusiasmo, casi sin poder evitar que se me note mi admiración por el personaje que inspira a este Centro.  Cuando tenía 15 años, leí el Diario de Ana Frank, que lo escribió exactamente a esa edad. Fue tanta mi sorpresa y gratitud al sentirme reflejada en su personalidad, en sus pensamientos y en su deseo de ser periodista, que me motivó a anotarme en la facultad de periodismo. Entendí que el hacerlo, también sería asumir parte de sus deseos incumplidos, pero sobre todo continuar con su legado.

 

Varios años después me encuentro en el Centro Ana Frank (CAF), ubicado en pleno corazón del barrio porteño de Coghlan. Me llena el alma cuando veo que lleva su nombre por la identificación que provoca en los jóvenes.

Llegué al CAF con sentimientos encontrados: entusiasmo por recorrerlo e incertidumbre por lo movilizante que resultaría. Este centro invita a que los visitantes interactúen, evita las imágenes explícitas morbosas y da espacio a internalizar el pasado desde un lugar de reflexión. Empodera la importancia de continuar con el legado de la historia, para así evitar que se repitan hechos nefastos y proteger los derechos humanos.

Con una cálida sonrisa me recibió Victoria Penas, coordinadora de los jóvenes guías voluntarios del Centro Ana Frank, que tienen entre 15 y 25 años.  Me invitó a sentarnos a charlar en un espacio abierto, lleno de pasto, flores y plantas verdes. Antes de comenzar la entrevista, me detuve a escuchar el bello sonido de los pájaros y sentir una caricia para encarar una parte de nuestra historia dolorosa y cruel. Luego de mi paso por este Centro, siento que fue una vivencia enriquecedora, me conecté desde otro lugar con nuestro pasado. Recomiendo que no dejen de atravesar esta experiencia.

 

Fotos: Romina Gluck

 

 

EL CENTRO ANA FRANK (CAF)

 

Al inaugurar el 12 de junio de 2009 el Centro Ana Frank, por el aniversario de su natalicio, teníamos la intención de que el Museo lleve su nombre, su legado. Elegimos a Ana como figura, porque los jóvenes se identifican. Ellos son quienes caracterizan el espíritu de este centro, sus voces, su empoderamiento. Nuestra labor diaria tiene que ver con que los jóvenes encuentren en esta sociedad un espacio para expandirse, escuchar y ser escuchados. Es gracioso porque nos catalogan como parte de la comunidad judía y no es así. El enfoque no está ligado a lo religioso. El equipo es variado y cuando llega el visitante recién lo asimila sorprendido. Incluso el promedio de visitantes es mayor de gente que no pertenece a la comunidad judía, atraídos por la temática del holocausto. Es un tema universal, atrayente, en el que estuvieron involucrados muchos países, por lo que es muy difícil no sentirse identificado. Todos tenemos un punto de conexión. El holocausto alcanzó un nivel de violencia que marcó un límite y desde lo educativo es imposible no recurrir a él para entender nuestra historia. Transmitimos que Ana Frank es movilizante, por la trascendencia mundial que cobró su diario, pero damos lugar a otras historias que no pudieron trascender de este modo. Ana representa a millones. Es un referente para los jóvenes, pero es la clara voz de otros, cada uno con su nombre y apellido, que pasaron por esto.

 

¿Por qué creés que tantas personas nos identificamos con Ana Frank?

Tiene que ver con lo que ella percibió que sus derechos fueron vulnerados. Con lo que pudo expresar en su diario íntimo desde su corta edad y su poca experiencia de vida. Todo aquel que lo leyó, entiende que fue muy elocuente en su manera de expresarse. De ahí la importancia de no subestimar a los jóvenes. Usar su figura tiene que ver con lo clara que fue cuando se expresó, la fortaleza y la llegada que tiene con los demás.

 

La visita

El recorrido se divide en varias etapas: comienza con un documental introductorio, traducido a varios idiomas. Capacitamos a nuestros guías para tener el tecnicismo necesario para abordar la visita en inglés. Consideramos fundamental que quienes vengan encuentren material en su lengua madre, que se sientan cómodos, a gusto. En segundo lugar, se recorre la exhibición que cobra sentido con la guía de nuestros jóvenes. Entendemos que ahí se encuentra la riqueza, en su modo de contarlo, complementado por valiosas imágenes y objetos (varios de ellos originales). Luego continúa por la sala de la democracia y concluye con la visita al escondite, es decir, la Casa de atrás. Se estima una duración promedio de dos horas.

 

Los guías

Nuestra frase de cabecera es que “los guías son el corazón de nuestro centro”. En cualquier actividad que organizamos su presencia es imposible de pasar por alto. La gente rescata principalmente su labor, y lo dejan plasmado en el libro de firmas con comentarios que destacan la satisfacción de ser guiados por jóvenes voluntarios de entre 15 y 25 años. Su interés, compromiso, involucramiento y cordialidad les llama la atención.  Sucede que los jóvenes en nuestra sociedad suelen ser bastardeados y se sienten impactados al encontrarse con este grupo de guías. Escuchar la historia de Ana Frank en boca de quienes tienen su edad cuando escribió su diario, es por demás impactante. Nosotros también constantemente se lo destacamos a nuestros guías, para que tomen dimensión del rol que ocupan y su legado.

 

Lara, una de las jóvenes guías voluntarias del Centro Ana Frank.

 

 

 

¿Cómo se abarca la temática del Holocausto en el CAF?

Es un gran desafío educar y enseñar sobre esta temática. Uno de nuestros principales objetivos es la importancia de pensar en el presente. Es decir, si nosotros transmitimos cualquier hecho histórico aislado, sin vincularlo con la actualidad, lo sentimos como una experiencia perdida. Nuestro lema es: concientizar a la gente sobre la magnitud que tuvo el holocausto, pero sobre todo el riesgo constante que tenemos como sociedad, de repetirlo si no lo tenemos presente. Trabajamos mucho en ese sentido, en la importancia de analizar cualquier violación de los derechos humanos a lo largo de la historia. El Holocausto fue sin duda uno de los más emblemáticos. A la hora de transmitirlo, hacemos hincapié en los roles que ocupa cada uno en la sociedad.

 

¿A qué roles hacés referencia?

Cuando pensamos cualquier hecho de violencia, analizamos el rol de la víctima y el victimario, que no pueden pasar desapercibidos. Pero sobre todo el de los testigos. Nos referimos a aquellas personas que se quedan al margen o son cómplices, avalando con su pasividad o indiferencia. Entonces, trabajamos el rol del observador pasivo, del que hace la vista gorda, de aquel que ve y deja que suceda. Acá incentivamos a que las personas se conviertan en el protector, se vean interpeladas.

 

¿Cómo se les transmite a los chicos el holocausto y otras violaciones de los derechos humanos?

Nuestra estrategia parte de entender que el manejar la información o adaptarla, no significa omitirla. Para contarles estos hechos a los chicos, no precisamos azucararlos, ni adornarlos, ya que no sería una acción responsable de nuestra parte.

Los niños precisan saber. Consideramos que hay formas más sencillas de explicarles, sin entrar en detalles morbosos. De no hacerlo de este modo, alimentaríamos algo negativo que con el tiempo se arraigará en ellos y no lo consideramos una forma sana de aprendizaje.

 

¿Cómo reaccionan los niños al recorrer la muestra?

Los chicos son nuestro mayor factor sorpresa. Al contemplar a un chico de 10 años te das cuenta que comprenden todo. Cuando hacemos alguna pausa para dar con las palabras acordes a su edad, ellos completan nuestra frase. Elegimos esa edad porque queremos que puedan recibir esta información. Surgió de la evaluación de visitas particulares, donde no conseguimos dar con las palabras adecuadas a la madurez de los pequeños. No los queremos exponer a lo que no están aún preparados. No deseamos invadir la infancia.

A lo largo del recorrido, los chicos buscan que les cierre el relato. Me sucedió con una nena que estaba escuchando sobre el fallecimiento de Edith, la mamá de Ana Frank (utilizamos la palabra muerte, no hay motivo para evitarla) y la pequeña me dice: “Claro, Edith se murió porque no le dieron de comer” (cuando en realidad fue por inanición durante el traslado en un tren). Pero para ella fue así, le cerró y así pudo procesarlo. Cada chico tiene sus tiempos, todos muestran interés y deben conocer nuestra historia.

Pensamos que los chicos que vienen se tienen que ir sintiéndose involucrados. No los forzamos, pero lo procuramos. Algunos chicos eligen transcurrir el recorrido en forma más pasiva. Estamos atentos a las diferentes reacciones que surgen en ellos. Hay niños que reaccionan desde el humor y lo podemos entender, es un mecanismo natural de defensa. No podemos exigirle a un nene que reaccione maduro como un adulto. Están creciendo y recibiendo información que es compleja de procesar. Intentamos hacerles entender que hay situaciones en las que el humor no da a lugar.

Hay otros que se sensibilizan especialmente, porque los contenidos que abarcamos forman parte de su historia familiar. Por ejemplo, porque sus abuelos estuvieron en un campo de concentración o escondidos en ghettos. Cuando advertimos esta situación dentro de un grupo, contemplamos su contención. Sus docentes son también una gran red de apoyo.

 

 

EL ESCONDITE/ LA CASA DE ATRÁS

En un principio el CAF comenzó sólo como una exhibición. Luego se amplió con la llegada de la recreación de la Casa de atrás, que fuera durante dos años el escondite de Ana Frank, su familia y otros. No fue fácil gestionar la aprobación de los directivos de la Casa de Ana Frank (original) de Holanda, con quien trabajamos asiduamente. Para obtenerla se planteó realizar una recreación escenográfica y no una réplica, con la intención de generar en los visitantes la identificación con ella, con la idea de estar escondidos. Como un objeto empático para que se terminen de involucrar. Es impactante ver las distintas reacciones de la gente, sobre todo de aquellas que no se habían involucrado en el recorrido hasta ese momento. Ingresar ahí produce un click por entender que van a estar ahí cinco minutos y hay personas que pasaron dos años. Es entonces que comienzan a ponerse en los zapatos del otro. Es muy visible, palpable, cambia la atmósfera, se produce un silencio espontáneo conmovedor.

 

 

 

 

¿Cómo reaccionan los adultos cuando ingresan a la sala que abarca la última dictadura militar argentina?

Evitamos hablar de paralelismo. Sucede que no se trata de una comparación. Intentamos analizar cómo el nazismo influenció a otros procesos dictatoriales y la necesidad de que no se repita.

No podemos dejar de hablar, por ejemplo que, en la época del nazismo en Berlín, hicieron quema de libros a modo de censura y fue similar en Argentina -en la provincia de Córdoba- durante la última dictadura.

Cuando hay un mecanismo de censura que se repite, debemos poder hablar de eso.

Lo mismo sucedió con el uso de los Juegos Olímpicos de Berlín y el mundial de fútbol de Argentina en el ´78. Fueron episodios deportivos para generar un clima de distracción.

Son ejemplos que surgen rápidamente y legitiman nuestra intención de no comparar, sino transmitir que el nazismo fue escuela de los acontecimientos posteriores.

La reacción de la gente es mayor cuando hablamos de la dictadura argentina en relación a cuando abarcamos el holocausto, porque se sienten más identificados, más interpelados y es entendible. Cada persona finalmente se va con la información que elige llevarse. No es nuestra intención bajar una línea.

 

 

¿Tuvieron visitantes sobrevivientes del holocausto?

Si. Es sumamente enriquecedor, impactante. Han venido sobrevivientes de países invadidos por el nazismo. Por lo generacional cada vez hay menos posibilidades. Con ellos hablamos para seguir en contacto, mantener los lazos y los invitamos a que brinden una charla a jóvenes.

 

¿Qué anécdota fue la que recordás especialmente dentro del CAF?

Le pasó a una de nuestras guías, que se quedó muy conmovida. Una vez guió a un grupo con un participante que se mantuvo callado durante el recorrido. Luego de visitar el escondite, se acercó a ella y le contó que era un sobreviviente del holocausto, que había estado escondido y le agradecía el modo en lo que había contado. La guía por entonces tenía 17 años y vivió la emoción de sentirse avalada por alguien que lo transcurrió.