En modo Offline

Puede sonar contradictorio, pero a esta altura, confieso que me preocupa el sentirme agobiada por la dependencia del celular. Me puse a observar a mi alrededor, el 80 por ciento de las personas camina por la calle, viaja en transporte público o en el elevador, aguarda a ser atendido en una oficina o por un chequeo médico, utilizando su móvil. Lamentablemente, lo que me pone especialmente fastidiosa es ver a la nueva generación, a nuestros hijos, pasando largas horas atrapados en sus redes.

 

ID 121266613 © Diego Vito Cervo | Dreamstime.com

 

 

¡Y sí! llegó el día en que me harté del dominio de un aparato sin sentimientos, que vino -supuestamente- para aportarnos a las comunicaciones humanas, pero genera cada vez relaciones más conflictivas y distantes.

Luego de despotricar por varios días contra lo que denominé el “maldito celular”, tomé una drástica decisión: someterme por propia voluntad al reto de pasar 24 horas sin utilizarlo.  ¡Vaya decisión! ¿Podría sobrevivir a pasar un día entero en modo offline?

Todas “mis voces interiores” debatieron por una semana, cada una fundamentando muy bien sus motivos. “¡No vas a poder, sos periodista y tu segundo hogar son las redes sociales!, ¡precisás estar comunicada para saber de tus hijas!, ¿y si a alguien le pasa algo y no te pueden ubicar? Otras voces internas más sanas me llevaban por un camino alentador, “¡vamos! si pasaste largos años de tu vida sin que existiera el móvil (y de igual modo las cosas y las relaciones estaban encaminadas) ¡regalate esta rica experiencia!”.

 

Me entristeció y me preocupó esa especie de magnetismo de mi mano para con el celular. Intenté enumerar las incontables veces que pongo la clave de acceso a ese “antro de la perdición”, sin necesidad de hacerlo.

Se sucedieron varios encuentros con familiares y con amigos y, sobre todo, situaciones en el seno de mi hogar que me encendieron la señal de alerta máxima, y ayudaron a decidirme a intentar pasar “unas horitas” (así me sonaba a menos tiempo) alejada de quien sentía me quitaba horas de vida: el celular. Entendía que así sumaría disfrute por la atención plena para conmigo y con los demás, tiempo extra de vivenciar los momentos sin mirarlos a través de la pantalla para capturarlos, de leer aquellos libros abandonados, de jugar con mis hijas, de charlar con mi marido, de encontrarme a tomar algo con amigas y con mi familia. ¡Nada malo podía suceder!, en todo caso como dicen los dichos: “no news, good news” y “las malas noticias igual llegan rápido”.

La planificación fue meticulosa. Tenía que evaluar hasta el último detalle para que no quedara nada librado al azar. Entonces surgió la fecha para apagar el celular y con ella, el compromiso escrito en mi agenda de papel (me niego a usar la del celu): Domingo 13 de enero desde las 0 hasta las 24.

Ya con el tiempo de descuento corriendo, pasé a la acción (con ayuda de mi celular, por qué negarlo). Le avisé por WhatsApp a todos los que consideré que debían saberlo y resolví todas las cuestiones “online”, en redes. Sentía algo parecido a saber que ayunaría las próximas 24 horas en el Día del Perdón.

No puedo dejar de compartir el estupor y la sorpresa de quienes se iban enterando de mi hazaña (así me lo hicieron sentir). “¡Ay pobre! Usá menos tiempo al día el celular y listo (como si eso me fuera posible, sin que sea una imposición). Dame el celu y te hago de secretaria, voy chusmeando y contándote lo que pasa en tus redes” (eso sería trampa). Pero otros, como a Luli, la directora de Piedra Libre les pareció una idea muy piola (pero difícil de cumplir) y me abrió este valioso espacio virtual para compartir las sensaciones de esta experiencia con ustedes.

 

ID 134388187 © Sam Wordley | Dreamstime.com

 

 

Llegó el sábado 12, estaba vivenciando las horas previas al momento de ejecutar mi objetivo, aunque sin darle difusión en las redes (perdería sentido). Fuimos con mi familia a nuestro club Cissab, lugar en el que pasaría mi desafío al día siguiente. Ese día, el celular no se movió de mi mano. Tenía que terminar de acordar las pautas de edición de una nota con el equipo, coordinar con otras madres los movimientos de mis hijas y de recordarles a mi “grupo selecto de avisados” que me pondría a medianoche offline. Esa era mi sensación, quedarme fuera de juego de las redes, de los chats grupales, de la posibilidad ínfima de que me llamen o hacer llamados… pero el compromiso estaba asumido. Era tarde para echarme atrás.

 

No quiero pecar de exagerada (apelo a su comprensión), pero cuando llegó el momento de apagar el celular, pese a haber repasado todo para llegar tranquila a poder cumplir mi reto, me costó apretar el OFF. Era medianoche y tenía mucho sueño. Sentí adrenalina (de la buena y de la que no) ¡Pero lo apagué! Lo miré inanimado y lo dejé a un costado. Yo estaba en la cama recostada y me quedé observando por largo tiempo el techo. Ahí me di cuenta que me había olvidado mi libro en casa y que no podría ver una serie en Netflix, porque la app estaba en ese maldito celular ¡Había fallado en las previsiones y esto recién empezaba!  Mi familia dormía y me encontré a solas conmigo y el silencio nocturno. Respiré profundo y conecté con el ejercicio corporal que aprendí en mindfulness. Me quedé dormida ¡Hacía tiempo que no lo hacía de ese modo tan relajante!

 

Llegó la mañana y ahí se venía el mayor desafío. Completar tooooodo un largo día sin mi compañero de ruta: mi celular y todo ese mundo virtual de hechos y personas con el que me conectaba.  A partir de entonces tomé apuntes de mi rutina en una libreta y de las sensaciones “en modo offline” que vivencié y que comparto con ustedes.

 

 

 

  • No supe a qué hora me despertaron las nenas de madrugada, ni a qué hora me levanté.

  • Al despertarnos, hicimos fiaca extra en familia, tirados en la cama, jugando. Fue un lindo momento sin interrupciones del celular (como en otras ocasiones).

  • Miré a través de la ventana y me lamenté porque se vio pasado por agua (lluvia) mi plan de pasar el día en la piscina del club (hubiera sido más llevadero).

  • Antes de hacerme el café, prendí el televisor para enterarme de las noticias y conocer el estado del tiempo (no sabía si estaba bien o mal encenderlo, pero no me lo había planteado previamente). Varias veces en el día precisé enchufarme a la tele, aunque esta necesidad fue disminuyendo con el correr del día.

  • Confirmé el sentir que experimentaría una sensación parecida a desear que termine el día para cortar el ayuno de Iom Kipur. También esta sensación se disipó cuando me acostumbré, con el pasar de las horas, a no contar con celular.

  • Sentí preocupación por si mis compañeros del staff de Piedra Libre necesitaban coordinar algo conmigo, por algo no considerado antes de mi modo off.

  • Fue fundamental saber que ante cualquier urgencia el celular de mi marido estaría más “modo ON” que nunca. No para mí, pero sí para que él se contacte con terceros.

  • Pasamos un día de juegos con mis hijas, sin cortes por alertas de celular. Valió la pena no poder sacar selfies, ni fotos de aquellos momentos de risas y diversión.

  • Experimenté enojo conmigo misma por haberme olvidado en mi casa el libro que tanto me gusta leer, por no contar con Netflix y por la falta de sol.

  • Sentí apego a la limpieza y al orden (cuando la lluvia impedía estar al aire libre). Debo decir que no cortar por el celu fidelizó esas otras tareas.

  • Sufrí la activación del modo “Iajne” chusma al máximo. Entiendan, no me podía enterar lo que pasaba con mis contactos y mis redes sociales. Eso sí, dediqué tiempo de mi mente libre a imaginarlo.

  • Fue un domingo de mate con amigos y sin celu. Recibiendo cargadas de su parte por “mi apagón”, alentándome pero a la vez fastidiándome diciéndome “ ¡No sabés lo que no te estás enterando! (lo que daba por saberlo)

  • Una vez que las nenas se quedaron en los grupos recreativos, me di el gusto de dormir una merecida siesta junto a mi marido. Momentos que casi no se dan siendo padres de pequeños.

  • Por la tarde, la incomodidad e incertidumbre se transformó en poder aprovechar al máximo las horas desconectada (literal).

 

Cuando se acercó la medianoche, momento en que mi liberaría de la obligación de no contactarme con mi celular, me sorprendí yendo por más. Decidí extender “mi modo offline” hasta la mañana siguiente. Y así lo hice. Al despertar encendí el celular y descubrí lo que imaginaba, el mundo online siguió funcionando todas esas horas como siempre, pero sin mí. El mundo virtual seguía igual, pero la que había cambiado ¡era yo!

 

La experiencia fue por demás enriquecedora. Tuvo altibajos, como pasa en todo cambio o desafío. Comprendí que yo tengo el poder de apagar o silenciar el celular cuando lo decida, pero sobre todo la bendición de “ponerme offline” y disfrutar de la vida sin hacerlo a través de la pantalla de mi Motorola.

 

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