Anocheceres al óleo

No puedo negar que Tel Aviv tiene hermosos anocheceres. Sin pensarlo siquiera tengo una colección de fotos del cielo pintado de distintos colores. La mayoría de las veces no lo espero, me olvido de que el sol se va a esconder, por estar ocupada en quien sabe qué cosas hasta que, de repente, un rayo cálido y anaranjado me acaricia la espalda, o la mejilla, o se dibuja sobre los objetos pintándolos de sepia. Entonces, indiscutiblemente tengo que ir a verlo, saludarlo, buscarlo por la ventana, balcón o patio más cercano y regalarle una parte de mi tiempo a ese maravilloso evento. Es casi como una alarma, pero de esas gratificantes de escuchar, como el timbre del microondas cuando indica que el pochoclo está listo, o el zumbido de ese mensaje que se espera con ansias, o el timbre de salida de la escuela. Es un amable llamado de atención del día, que me pide que no me olvide que el tiempo pasa, que no hay vuelta atrás y que estar un ratito conmigo misma, aunque sea unos segundos, cuenta.

 

Foto: Ivana Taft

 

 

Me alegra no ser la única que hago eso. De tomarme el tiempo para ver un rato el sol y su eterno desenlace. En las redes sociales veo cientos de hermosas fotos de esos momentos mágicos que el cielo nos regala: cuando invade apasionadamente la ciudad, cuando se pierde entre las montañas, cuando se refleja en al agua, o cuando se duplica en un charco que la lluvia dejó como marca en algún puente de ciudad. Me gusta saber que al menos, por unos minutos, levantamos la cabeza de nuestras pantallas, miramos hacia arriba, desconectamos el cerebro y nos dejamos llevar por unos momentos. Como si nos abstrajéramos en una meditación inconsciente admirando ese horizonte completamente distinto y original que cada día nos regala el cielo.

 

Porque detenerse a ver la puesta de sol, los colores, los rayos de luz que cruzan el cielo, las formas amables y suaves que las nubes forman en una danza lenta y abajo la tierra es eso: desprendernos de lo urgente que estábamos haciendo para dedicarnos a lo inmediato. Cuando el sol baja, en Tel Aviv parece como si la ciudad entera inmediatamente bajara dos tempos, todo se pone más lento, a la velocidad del sol y su descenso. Todo se tiñe de dorado, pareciera que hasta la gente baja la voz y el volumen externo fuera descendiendo. Entonces, si me concentro, puedo sentir mi corazón latiendo, y el ritmo de mi respiración y mi sangre fluyendo.

 

Foto: Ivana Taft

 

 

Eso pasa hasta que tengo que volver a lo que estaba haciendo. Reconecto. A mí me gusta ese momento, donde me desprendo de la tierra, donde siento la brisa, los colores, el sol cayendo. Donde realmente estoy viviendo el aquí y el ahora. La realidad que me demuestra que este es mi tiempo, que estoy en este momento, que “carpe diem” y que ese fragmento de día ha sido pura y exclusivamente para mi crecimiento, para mi corazón, para mi cuerpo.

 

Me gusta que mucha gente se admire con el cielo. Que lo descubran, que se asombren, que se enamoren del cielo. Es lindo, intenso, incluso aunque sea por una fracción de segundo, por una milésima de tiempo. Aunque volvamos ineludiblemente a abstraernos en nuestras pantallas y nuestros quehaceres rutinarios, aunque volvamos a bajar la cabeza para seguir viéndonos los pies. Al menos en las redes sociales queda asentado que, de vez en cuando, alzamos la nariz para ver un poquito más lejos.

 

Foto: Ivana Taft

 

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