La Ciudad de Los Muertos

Me tomó un largo tiempo ver las fotos que había sacado cuando fui a El Cairo. A decir verdad, mientras escribo esto aún no lo hago. Como si fueran un secreto más de esa tierra, que quiero, pero no quiero descubrir. Todavía estoy procesando ese pedazo de realidad mezclada con las absurdas e ingenuas películas de Indiana Jones y Lara Croft que tengo en mi cabeza.

 

Foto: Ivana Taft

 

 

Hay muchas (fotos) que las tengo infiltradas en mi memoria. Las veo y me veo sentada en ese furgón de los noventa, con el estómago pegado a las costillas, divertida y asustada por la histeria y la locura de las calles llenas de tierra y movimiento, por la visión, un tanto irreal, que se refleja del otro lado de la ventanilla, por aquella gente sentada en la acera derritiéndose de calor y con los pies descalzos firmes en la arena. Por los carros atestados con fruta y café peligrosamente estacionados en el borde de las calles de tierra, por las moto-taxis destartaladas que se cuelan entre los coches sin ningún tipo de pudor ni prudencia. Se me mezcla el olor de las narguilas y de los aceites faraónicos que venden en botellas de vidrio a treinta y cinco dólares y que pueden durar un siglo sin usar. Y me veo a mí misma parada, en short y con una remera con la imagen sonriente de Bob Marley, cubriéndome la cara con mi cámara, retratándolos a ellos como ellos me retratan a mí. A mí: a la extraña, la desnuda, la gringa de piernas blancas, de pie, frente a una mezquita invadida de mujeres tapadas de los pies a la cabeza, rodeadas de niños pequeños descalzos que me observan intentando procesar que soy.

 

Entramos al país a pie cruzando la frontera entre Israel y Egipto, no entendíamos nada. Nos esperaba un hombre de una edad indefinida y de espíritu amable sentado en una van que nos iba a pasear distraídamente por toda la ciudad del Cairo. Catorce horas nos tomó llegar hasta las pirámides de Guiza. Antes de eso, el camino se abrió entre montañas y el Sinaí, dormido tranquilo y sereno, mientras en sus costas, como un decorado triste y melancólico, se deshacen cientos y cientos de estructuras hoteleras descomunales, con hermosas habitaciones vacías sin oportunidad de atrapar historias de amantes y viajeros entre sus paredes. Proyectos inconclusos de magníficos albergues que murieron antes de nacer y que ahora quedan olvidados como viejos esqueletos de dinosaurios enterrándose en la arena y fundiéndose entre los cerros.

 

Deberíamos habernos dado cuenta de lo que Egipto nos estaba mostrando en el primer zarpazo, pero nosotras estábamos tan emocionadas por estar pisando esas tierras que seguíamos pensando en nuestra propia aventura.

 

Foto: Ivana Taft

 

 

Dormimos tiradas en el suelo de la furgoneta. No sé cómo, pero lo hicimos. Cuando el ruido de afuera, y los golpes de mí espalada contra el suelo fueron más fuertes que mi cansancio, me incorporé para encontrarme de frente con una selva de edificios gigantes creciendo y creciendo uno al lado del otro, casi con nada de distancia, cubriendo el sol para todas las ventanas. Los coches se cruzaban con total atrevimiento, impunes sin ninguna ley que los sancionara y, entre tierra y basura, cientos de árabes resistiendo al calor, parados sobre la ruta, esperando que un colectivo los llevara a quien sabe dónde. Todo parecía puesto allí en completo desorden, rápidamente y sin precaución, olvidándolo al instante.

 

Y en una curva de la inmensa autopista la vimos, así como dibujada, o como si alguien simplemente la hubiera dejado allí, también olvidada, a un costado de la ciudad, aburriéndose al sol: La gran Pirámide de Keops en Guiza y, luego, la monumental Esfinge con cientos de turistas como nosotras recorriendo sus terrenos como hormigas atontadas y medios ciegas por el sol ardiente, mientras los vendedores pasaban gritando los precios en múltiples lenguas, dependiendo de la cara del peregrino, blandiendo réplicas de estatuas de gatos y chacales con mirada faraónica made in China.

 

Foto: Ivana Taft

 

 

Las pirámides y todos sus secretos estaban ahí, frente a nosotras, monumentales, gigantescas, silenciosas. Vestigios de una sociedad perdida, recuerdos desnudos de tanta historia y escenario de tantas otras.

 

Entre calor y arena, entramos en la más pequeña, la de Menakaura: un pasillo húmedo y silencioso, desnudo, despojado de todo aquello que la convertía en templo funerario, dejándola cómo una simple carcaza, como un simple ataúd gigante. Nos sentamos en su interior, no sé… Quizás para encontrarnos unos segundos con nosotras mismas y nuestros pensamientos, resguardarnos en esa tumba del sol y de la mirada triste de los camellos.

 

El Cairo es la quinta ciudad superpoblada en el mundo y se nota. A simple vista se nota. Se mezcla la antigüedad, la pobreza, el socialismo, el Islam y los más de veinte millones de habitantes que viven y sobreviven allí apretados. El caos, la contaminación, las bocinas que nunca dejan de sonar, los semáforos que no existen, las frutas que se pudren en la calle junto con suvenires con forma de esfinge y botellas con arena de colores, todo Cairo, “El Caos”, es una cachetada fuerte y seca de esa realidad que no queremos nunca ver. De conciencia. No es para cualquiera. A mí me dejó marcas en la piel, bien adentro, una tristeza y una empatía que no pude soltar y que retengo como un recordatorio de lo que hay afuera, de lo que hay más allá de la belleza de las arenas caribeñas, de los majestuosos museos y de los hermosos campos verdes que oxigenan.

 

No muy lejos de nosotros, en el mismo mundo, hay una ciudad que nunca duerme, que el ruido y el flujo de gente es el mismo de día y de noche, con una crisis palpable y con una triste represión que encerró a muchos de ellos en su propia ciudad, detenida en la confusa década de los 90.

 

Foto: Ivana Taft

 

 

Las ví. A las fotos. Rápidamente. Todas movidas, fueras de foco. Preciosas. Dignas de ese viaje. Llevé mi cámara vieja, no sé por qué, con el peor de mis lentes, no sé por qué. Las imágenes son revueltas, confusas, llenas de gente y de arena. Hay muchas fotografías de las calles transitadas sin sentido y me trae a la memoria los ruidos de la ciudad. Fotos en formato 3x4, parecen como diapositivas, con una mancha de grasa en la película, producto de los ya gastados ejes de mí ya gastada cámara. Un aturdido registro de mí aturdido viaje.

 

La última foto es un desastre, pero yo recuerdo el intento de sacarla. Porqué lo hice aun sabiendo que no tendría absolutamente nada interesante, tampoco un encuadre que indicara contexto, la combi iba super rápido doblando una ancha curva alejándose de mi objetivo. De todos modos la tomé, como un débil intento de retener en una imagen la frase en español que dijeron para describir ese lugar y que me había pegado seca en la frente, impidiendo poder despegarla jamás de mi paladar: “esa, es la ciudad de los muertos, el cementerio”.

 

El cementerio está en el medio de la ciudad. En el medio de todo. Un pedazo de tierra interminable, desordenado, mal cuidado, con pequeñas cumbres y agudas pendientes, con lápidas y estatuas de todos los tamaños y formas, viejas, roídas por el viento y la arena.

 

Olvidadas. Inclinadas hacia un lado como cansadas de estar allí eternamente. Caótico, como la misma ciudad de los vivos.

 

Lo vi pasar rápidamente por la ventanilla como una vieja proyección. Se alejó de mí y no puede seguir su extensión ni saber hacia a donde iba, se perdía en el horizonte como miles de piezas de un marchito dominó y entendí: La ciudad de los muertos no termina jamás.

 

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