¡Aquí y ahora!

Hace un tiempo, llegué a sentirme abrumada de responsabilidades, con una agenda recargada al tope, olvidando o superponiendo compromisos, con una irritabilidad potente, con un nivel de paciencia casi inexistente y una pérdida de disfrute del día a día: en el trabajo, con mi familia y con mis amigos. Ya sé, me vas a decir, que no hay que ser médico para dar con el diagnóstico: estrés, y que a vos, como a tantos otros, les pasó o les sucede lo mismo.

 

Entonces también habrás sentido que pasan los días y continúa este torbellino repleto de implosiones y explosiones. Basta con que alguien te rose en la calle, te atasques en el tránsito, te posterguen una entrevista laboral, te topes con un paro sorpresivo de transporte, tus hijos se peleen, para que lo vivas con una intensidad desmedida.

 

 

En mi experiencia, una mañana conseguí “despertarme antes que mi estrés” y pude ver claramente que así no quería continuar. Vale aclarar que fue recién luego de intentar convencerme con mil excusas que estar estresada era porque los capricornianos somos reactivos, que a esta sociedad le falta educación, que posiblemente el mundo estuviera complotando en mi contra o que es consecuencia de inflación reinante y las pocas horas de sueño y otros justificativos.

 

Fue en ese momento en que me animé a explorar el Mindfulness. En resumidas palabras es una técnica, o un modo de vida, que propone prestar atención total a lo que estás haciendo, conectarte a pleno con “el aquí y ahora” dejando de lado el barullo que causan los pensamientos automáticos.  Es decir, poder conectarnos de un modo más amable con nuestra realidad, con el objetivo de reducir el impacto de los estresores, vivir en el presente y simplificarnos el impacto de nuestras emociones ¡para disfrutar de la vida! suena increíblemente maravilloso ¿verdad?

 

En el taller de Mindfullness el profesor nos propuso un ejercicio. Se trata de salir a la calle, caminar sin prisa y con calma, sin necesidad de reloj, desconectados del celular, simplemente observando sin juzgar, dedicándole plena atención al presente. Cada tanto me doy “el permiso” de repetirlo y es una experiencia por demás recomendable.

 

 

Escuché varias veces en la vida aquello que distan de ser sinónimos “oír y escuchar” o “mirar y ver”. Francamente no le había dado importancia, hasta que comencé a vivenciarlo. Hace unos días, pasé por una plaza en la que estuve varias veces. Como en tantas otras ocasiones estaba apurada y la atravesaba, simplemente, porque acortaba el camino a mi destino. Ganaba tiempo, pero me perdía vivenciar aquel espacio verde en plena ciudad. Tomé la decisión de apaciguar mis pasos, quitarme los auriculares, el apuro y los pensamientos automáticos, para conectarme con el ahora.

 

La plaza estaba llena de propuestas para hacer ”un stop”, darse una pausa, que no había observado hasta entonces. Descubrí un área de gym, con la opción de contar con un personal trainner, que le marcaba su rutina a un grupo de mujeres. También un sector de juegos infantiles en los que unos padres y su pequeña hija disfrutaban de ese tiempo mágico. Percibí, al sacarme los auriculares, como se mezclaba el sonido del tránsito en hora pico, con las risas de los niños, el ladrido de los perros, la maquinaria de los jardineros que al recortar el pasto húmedo nos regalaba un aroma increíble junto a los de los árboles de eucalipto. Sentí la humedad post lluvia y percibí los charcos y el barro en el suelo. Vi a una mamá que amamantaba a su niño mientras intercambiaban miradas y me perdí por un rato en esa imagen tan única, a dos tiernas abuelas -que parecían ser amigas desde siempre- sentadas en un banco conversando. De pronto, se cortó ese momento de atención plena cuando sentí la prisa de la rutina porque una mujer me empujó sin querer, de la prisa que llevaba y no se disculpó. En otro momento, es posible que este pequeño episodio me hubiera hecho “saltar la térmica” y le hubiese dicho que “por favor mirara por dónde va” o me hubiese afectado en mi humor. Pero me di cuenta, de una buena vez, y espero que sea para siempre, que nosotros no podemos modificar muchas de las cosas que nos pasan a diario, pero si el modo en que la tomamos.

 

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