Pájaro Metálico

Ahora pienso en el Principito. Lo pienso como un personaje triste y melancólico. Con muchas preguntas en su cabeza sin posibilidades de que alguien, o algo, las pueda responder. Pienso en su gran decisión de abandonar a su rosa… Ese ser que amaba profundamente, pero que no podía lidiar con ella. Al menos no en ese momento. No bajo la indiscutible verdad de que era única e irrepetible.

 

 Foto: Ivana Taft

 

 

Supongo que la necesidad de encontrar esas respuestas fue mucho más fuerte que su amor incondicional. Fue tan fuerte que decidió emigrar y dejar atrás su hogar saltando al vacío en la primera bandada de pájaros que pasara cerca de su asteroide y lograr escapar de su zona segura.

 

Y, sin saber hacia dónde iba o cuando iba a volver, no miró atrás. No sintió miedo, ni dudas, ni temores.  Y después de mucho andar, de viajar, de saltar de un planeta a otro descubre que, de cierta manera, todos tienen los mismos problemas y preocupaciones. Aunque distintos objetivos. Entonces decide, metafórica o literalmente, volver a su hogar con su amada rosa, a su pequeño reino, a su zona segura.

 

Salvando las distancias, muchas veces me siento un principito. Algo en mi interior, mucho más fuerte que cualquier seguridad terrenal, me obligó a dejar todo atrás y subirme al primer pájaro metálico que me llevara a otro planeta.

 

Foto: Ivana Taft

 

 

Intento traer a mi memoria el primer pensamiento, el momento exacto donde se gestó la semilla, pero todo es como fragmentos de películas, momentos de ciertas vidas, sin saber con certeza cuanto tiempo pasó, cuantos años tienen los personajes, cuales son reales, cuales son creación de mi ingenio.  Nunca medí las consecuencias, soy culpable. Nunca pensé en que mis decisiones podían afectar a ciertas personas, o que podían influir en el futuro o en el pasado de alguien, o como podían influirme a mí. Creo ser como un personaje de novela a medio construir. Un personaje confundido y todavía sin saber cuáles son mis expectativas. Quizás soy un personaje sentado eternamente en una terminal, sin estación del año, esperando un tren con un par de billetes en el bolsillo y algunas ropas revueltas en una valija sin época. Un personaje liviano, tibio, un tanto especial, que en algún momento sorprenderá al lector, pero aún no me he dado cuenta cuando. Solo estoy allí, esperando un tren, en un pueblo desconocido, del cual nunca he oído, sentada paciente, sin tiempo, esperando.  Antes de ayer, no había viajado nunca en tren.

 

Foto: Ivana Taft

 

 

Todavía siento que no he parado en ningún lugar, como si estuviera de paso, como si aún no encontrara mi territorio, mi espacio seguro. Atrás dejé lo que representa a mi rosa, mis volcanes y mis baobabs.  Me pregunté muchas veces cuáles habían sido mis razones y cómo había llegado hasta aquí. ¿Había sido por amor, desamor? ¿Aburrimiento? ¿Superación? ¿Destino? No lo recuerdo, o no quiero recordarlo.

 

Me siento como rompiendo un libro de cuajo, arrancándole hojas sin prestar demasiada atención al contenido. Esa sensación en el estómago, el ácido que aparece y desaparece todo el tiempo, a todo momento. Nunca me he atrevido a romper un libro de cuajo.

 

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