El don de dar

Cada día estoy más confiada en el poder del amor. Hacer algo por los demás es el acto más auténtico, más humano, que nos enaltece. Te pido que te tomes un momento para trasladar a tus vivencias, ese mágico poder que tiene una acción nuestra, para que podamos modificarle el día a alguien… ¡para bien!

 

 

Cuando accionamos el don de dar, se asemeja al efecto de una varita mágica, en los que transformamos positivamente realidades. Decime si no sentís que se replica en vos cuando te brindás al otro y le “robás” una sonrisa a su tristeza, si le llevás calma a su preocupación, si sos un paliativo para su dolor. Este pequeño gran gesto, es un mimo para el alma… ¡de ambos!

 

Me refiero a simples hechos cotidianos que se vuelven mágicos: como cocinar la receta favorita de tu familia, regalar flores, visitar a un padeciente, apoyar a un compañero en un día difícil de trabajo, sorprender a tus seres queridos con aquello que anhelaban vivir. También son pequeños grandes gestos, el llamado a un amigo que nos precisa -y que nos es incondicional-, el tiempo con nuestros abuelos (sin duda de mis recuerdos favoritos), la taza de café caliente y un abrigo a quien le falta, acompañar al cruzar la calle a quien lo precisa o el abrazar a nuestros hijos y recordarles cuánto los amamos. Brindarnos en cuerpo y alma al otro, estar dispuestos al prójimo.

 

Quiero destacar el brindar amor hacia quien pasa circunstancialmente en nuestra vida. Recuerdo que luego de parir, una enfermera me entregó a escondidas un chocolate, porque sabía que había pasado varios meses sin poder saborearlo -por causa de una diabetes gestacional-. Se puso en mi lugar y su expresión de satisfacción al verme saboreándolo, me hace aún emocionar ocho años después, porque lo encuentro pleno de amor al prójimo.

 

Y entre todos estos amores, está el brindarnos a nosotros mismos. Me refiero a cuando nos mimamos con algún regalo, un tiempo a solas, un café que veníamos postergando con alguien especial, la terapia semanal, el realizar yoga, un masaje descontracturante o una escapada a un sitio placentero. Cuando nos mimamos también atraemos amor externo. Puedo pecar de sentimental, pero encuentro la plenitud en las muestras de afecto: besos, abrazos, palabras amables, silencios que acompañan, miradas cómplices, la palmada que indica que todo pasará o las risas compartidas.

 

Te invito a empaparte de esta sensación placentera de brindarse, auténticamente. Tal vez en un comienzo tengas que proponerte hacerlo, pero con el correr del tiempo se vuelve espontáneo y es en ese instante donde nos descubrimos en una relación plena para con los demás y sobre todo, con nosotros mismos. Nada como un abrazo, una mirada, una caricia, palabras cálidas y el simple hecho de estar presente, para que lo cotidiano se vuelva mágico.  

 

“Lo que uno da, regresa multiplicado”

 

 

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