Mujer fractura

Acá, vas a conocer narrado en primera persona, todos los procesos psicológicos de una mujer que soltó y se reconcilió con la experiencia. Y todas las fracturas del camino, fueron parte de ese crecimiento.

 

Tal vez más adelante empiece por el principio. Pero como soy Carolina, desordenada, dual y una capricorniana imponente, voy a contarles el medio de la historia. 

Si sos orgullosa/o, impulsivo/a o autoexigente, este pedazo de párrafo, te va a sacudir.

Pueden suceder dos cosas. Que se despierte en vos una curiosidad o que rechaces mi discurso literario. 

Mi agosto del año pasado, representa una emoción tan fuerte, que pienso en ello, y siento parir un amor. Pero como todo parir, implica algo de dolor en el "mientras tanto". Estaba empapada de fuerza, tenía hambre de culturas, y venía de un viaje por Europa de casi 4 meses. Había diseñado un esquema en el que solamente, iba escuchando mi instinto. Iba recorriendo los lugares de acuerdo a las personas que se iban presentando en mi camino, y ellas marcaban de alguna manera mi ruta. 

 

España. Trayecto Valencia-Madrid.

Mi gran compañero de aventuras en todo mi viaje en Europa, fue este mate.

Foto: Carolina Assanelli

 

 

Mi primer contacto con Israel, fue a través del amor. Tal vez, muchos de los lectoras y lectoras, se sientan identificados con ello. Es que a veces, estamos dispuestos a vivir sin excusas, y darlo todo.

 

Sí. Me enamoré de un israelí. Tardamos muy poco en darnos cuenta, fuimos fugaces. Nos encontramos en un momento de apertura, con una fuerte luna llena. Y así elegimos que nuestros primeros meses, íbamos a instalarnos en Israel. 

 

Voy a omitir todo el proceso burocrático que pasé al ingresar al país. Tal vez en otro capítulo pueda contarles más. Pero sí me voy a detener en narrar mi experiencia, como Argentina no judía, y sobre todo mujer. Todo, absolutamente todo, es autorreferencial, por ende, totalmente subjetivo.  Creo que eso es lo rico de recorrer países. Cada sujeto viene cargado de un contexto, una historia y una personalidad, con lo cual, la combinación de estos tres elementos sumado al nuevo escenario, va a dar una experiencia.

 

Cargué dos maletas, llamé a mi mamá y mi papá, y les informé que me iba a vivir a Israel. Y así fue. Volví a la Argentina un mes, cerré mi consultorio (olvidé contar que soy Psicóloga), vendí mi auto, y algunas otras cosas pendientes. Y, sobre todo, abracé a los míos. Temblé en el Aeropuerto de Neuquén cuando le dije adiós a mi mamá. Contuve mis lágrimas. Quise ser fuerte. ¿Qué es ser fuerte?

 

Hoy, después de casi 9 meses en Israel, y más de un año residiendo fuera de mi país, he reconstruido el concepto de fortaleza. Y es de eso de lo que voy a hablar. 

 

 

Masada. Uno de los recorridos por Israel.

Había sol, de pronto se nubló. Llovió un poco, y a los minutos, el universo nos regaló ésto.

Foto: Carolina Assanelli

 

 

Comenzar la vida acá fue difícil. Varias razones. Todo lo que había aprendido, se tuvo que desarmar, y volver a edificar. Era la primera vez que me iba a vivir a otro país y que estaba tan lejos de mi familia y amigos. Era la primera vez que me iba a vivir con alguien. Era la primera vez que dejaba en stand by mi profesión. Y, sobre todo, era la primera vez que empezaba a cuestionarme, a preguntarme.

 

Viví mucho tiempo en piloto automático. Cuando migrás, todo eso cambia. Empezás a tener mayor conciencia, porque estás en alerta todo el tiempo. Hay nuevos estímulos, olores, otro lenguaje, y diferentes representaciones mentales de conceptos básicos como el amor, la justicia, la democracia, el miedo, y el dolor.

 

Los primeros meses, me sentí desnuda. En deconstrucción total. Sentía que toda la base que tenía, había desaparecido, y tenía que aprender a sostenerme. Pasé enojos, porque si bien muchos hablan inglés, hablar el mismo idioma te integra desde otro lugar.

 

Sentía incomodidad y una fuerte irritabilidad cuando la gente dejaba de hablar inglés, y volvían a relacionarse en hebreo. Me dolía la panza y empezaba después de todo ese cólera, una angustia que me agujereaba. Mi mecanismo de defensa más primitivo se ponía en acción, y se manifestaba en palabras. Y ahí es cuando yo decía que me quería volver. Me encerraba, y no podía despegarme de esa idea. A veces solía irme sola, y sentarme frente al mar. El mar todo lo curaba. Y mi pareja, estuvo siempre ahí, siendo un soporte. A veces en silencio, otras confrontándome desde el amor.

 

Muchas veces me miré en el espejo, y no sabía quién era. No sé. Los que me conocen, tal vez pueden describir quién soy. Pero a mí, me llevó un tiempo hallarme. Solía presentarme con mi nombre seguido de mi profesión y lugar de trabajo. Acá, eso no tenía sentido. Por lo menos para mí. Me busqué, me pensé un montón. Hasta que un día lo entendí. Ya no me definía por las cosas que hacía o por las cosas que tenía. Simplemente era Carolina. Pero, desapegarme de todo aquello, fue punzante. Sobre todo, porque te deja expuesta a vos misma. Con las preguntas más básicas, que tal vez nunca nos hicimos.

 

Sentí como que todo lo que se había impregnado en mí de manera inconsciente y consciente, desde cómo pienso a como leo, tenía que ser barrido, para poder construir desde mi elección. Sentía que por primera vez, elegía. Y mi primera elección, fue elegir donde quiero vivir. Mi primera elección fuiste vos, Israel.

 

Como toda elección, hay un proceso de duelo necesario. Los duelos, duran aproximadamente un año. En ese primer año, las navidades, los cumpleaños, los aniversarios, son la primera vez que te encuentran distante. Esa fractura, ocurre una sola vez. Ya después, ese dolor, se transforma en una habilidad.

 

Creo que cuando logramos apropiarnos de esa habilidad, es hora de poder alojar a aquellos que aún portan el dolor. Y ayudarlos a transformar. 

 

Escribí, expresate, no importa qué ni cómo, pero habilitate a ser vos. Con todo lo que eso conlleva. Movete, abrí tus ojos, abrite a la experiencia y saltá, que como alguien me dijo una vez, la red aparecerá.

 

 

SAL EN LOS OJOS

Una incomodidad, eso es lo que me moviliza ahora. La seguridad es reconfortante. El hábito te acomoda. Respirás sin dificultad, ya sabés lo que viene. Conocés exactamente cuando el reloj marca 8, y todos se apresuran, dispuestos a la maldita rutina.

 

Me pregunto cuando fue que decidí dejar esa pasión que me hacía levantar. Fue antes de la etapa de enamoramiento. Para ser sincera, algo ocurrió y no puedo conceptualizarlo. Pero tampoco pueda evitar nombrar lo que me pasa hoy. El agotamiento, la ciclotimia, el deseo de aislamiento al mismo tiempo de deseo de conversaciones, de interpelarnos, como solía ocurrirme en mi país. Y, al fin y al cabo, siento que he perdido eso, y me encuentro desalojada. Desalojada como sujeto simbólico, como historia caminando.

 

Creo fuertemente que somos efecto de los lugares en los que nos movemos. Pero que tenemos una capacidad de transformación. 

 

Así como cuando te sumergís en el mar, y abrís los ojos, esa misma sensación de ardor y palabras de autocastigo, me surgen por momentos. Como si haber tomado la decisión, fuese un acto tanático. Me toma por lo general casi un día, darme cuenta de todo el camino recorrido. Del poder que tengo cuando estoy en situaciones de incomodidad. Cuando baja todo, me acaricio el alma, con una hoja en blanco y escribo, sin parar, como si las palabras fueran más rápidos que mi mente. Los dedos se mueven a al ritmo de Buenos Aires, capital a las ocho de la mañana. Caos. Caos Latino en mí.

 

Paraguas. Foto: Carolina Assanelli

 

 

Después de estos meses, digiero un trozo de esta realidad, que es hermosa, pero que tiene negros desconocidos en el medio, y me hacen perder. Y por momentos, pretendo poder volcar todo, pero a veces siento que las palabras están estancadas adentro.

Hoy es un día de succión literario. De lenguas mordidas y esmaltes secos en mi mente.

Pero ya pasará. Y siempre después de ésto, sé que viene un sacudón fuerte que me retorna y ubica rápidamente.

 

Dale, movete incluso con todas las cadenas mentales que traigas.

 

 

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