Viajes

Me preguntó Luli si tenía algo escrito sobre algún viaje o alguna experiencia así. Le dije que sí sin siquiera pensar que podía mandarle, pero confiada en que algo tenía para compartirle. Porque, por suerte, he viajado un poco los últimos años, y por supuesto, me la he pasado escribiendo. Pero esta vez se me ocurrió hablar de otro tipo de viaje. De algo que me pasó hace mucho, a los veintitantos y que lo escribo cada tanto, por miedo a que se borre de mi memoria. Estoy hablando de un viaje sin el cuerpo. Si, así como suena de loco, así fue como pasó.

 

Foto: Ivana Taft

 

 

Les voy a contar de uno, del primero que tuve, porque he tenido tres, si mi fantasía y realidad no se me quedaron mezcladas en uno de ellos, y los tres fueron involuntarios; yo no los busqué, ni estaba preparada para afrontarlos, ni tampoco supe por qué me pasaron.

 

Antes de meterme de lleno en la historia, me parece justo contarles un poquito de mí, para que se sitúen un poco en mi contexto. Si bien a mí toda la onda espiritual, energética, yoguística me va desde siempre, nunca he sido una ferviente seguidora de todas las técnicas y que se yo. De vez en cuando intento meditar, para calmar un poco mis aguas, pero siempre me es fácil naufragar. Soy muy impaciente y ansiosa, así que las veces que me he cruzado de piernas en posición de loto para entrenar mi mente, en algún momento –antes o después- me ha salido el tiro por la culata, y mi mente me ha terminado por dominar a mí. No pierdo aún las esperanzas de que algún día me salga.

 

Ahora, situémonos en San Juan, Argentina. Provincia grande, pero pueblo chico. Un verano caliente y seco, de esos que se ven en las películas mexicanas de Hollywood. Noche igual de ardiente, el bar de moda del momento, ubicado junto a una farmacia y un baldío, que siempre fue baldío, y una estación de servicio cruzando la avenida. Estaba llenísimo (asumamos que, cuando yo tenía veinticuatro –ocho años atrás y contando- no había muchos lugares a donde ir un viernes a la noche) y por más que era un lugar abierto, el cemento de la ciudad no daba tregua al calor.

 

Foto: Ivana Taft

 

 

Nos habíamos acomodado junto a la barra, cuatro amigas y yo. No hacía mucho que habíamos llegado, y ya no quedaban muchas opciones para movernos, pero ahí estábamos piola; además que el noviecito de una, andaba haciendo de barman así que, apenas nos instalamos, ya teníamos una botella de champagne barato que nos hacía sentir muy Kardashian. Yo estaba de espaldas a la barra, apoyada en ella, mis amigas estaban en semicírculo en derredor mío, porque estábamos charlando como si no hubiéramos llegado juntas.

 

Tomé el primer sorbo de champagne (servido en copa de cuello alto, muy top) y me cayó en el estómago como una piedra. El ardor me empezó a subir por el esófago y se me trabó en el centro del pecho. Un escalofrío me recorrió la espalda y yo sentí que transpiraba frío. No supe muy bien que me pasaba, y para no prestarle atención, bebí mi segundo trago.

 

Recuerdo que empecé a ver todo borroso, y las cosas lentamente empezaron a girar alrededor mío, la frente se me humedeció y las voces de mis amigas las escuché lejanas. La música… se apagó.

 

Alcancé a decirles: “Chicas, no me siento bien”, o algo así. Y me debo haber visto más pálida de lo normal, porque recuerdo, como un encuadre de película, sus caritas mirándome preocupadas. Después negro, después los ojos súper abiertos de la enana, estudiándome desde abajo, después negro de nuevo.

 

Y luego, iba yo camino a mi casa, cuando el sol se pone naranja y ya no arde en los hombros. Estaba detenida en un semáforo de una esquina que siempre recuerdo, en mi bicicleta gris y gastada. Recuerdo que iba cantando una canción que sonaba en mis audífonos y la brisa acariciándome mis mejillas rosadas. Recuerdo los árboles con sus hojas verdes, y mis botitas de lona roja gastada. Recuerdo los colores anaranjados y amarillos del cielo, y los rayos del sol colándose por las montañas.

 

Foto: Ivana Taft

 

 

Y después, el fondo la bacha (lavaplatos, fregadero) sucia y vieja de la cocina del bar, mis amigas tirándome agua en la cara, en la nuca, en la espalda. El patovica –bueno: “el de seguridad”- en la puerta gritándome para sacarme (obviamente pensaba que estaba borracha), y el noviecito barman intercediendo por nosotras.

 

Dice la enana que mis ojos se pusieron blancos y que me doblé a la mitad como una muñeca de trapo, que mi cuerpo no había pesado nada cuando cruzaron la barra y me metieron de prepo a la cocina. Me dijo Meli que ella me había sostenido de la cintura con una sola mano, y que sintió que no era yo quién estaba ahí.

 

Yo también sentí que no era yo ese cuerpo, que yo realmente me había ido, que no estaba ahí, Quizás en ningún momento quise estarlo y por eso me fui. Y cuando volví, alguna parte de mi esencia, de mi verdadero yo, se quedó esperándome en el semáforo, arriba de la bici playera, escuchando reggae y viendo el anochecer hasta que vuelva.

 

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