Escapar

Quizás ya sabrán que, de vez en cuando, me dan ganas de huir, de escapar. Nace en mí como una necesidad (o ansiedad) que me tira de los pelos y me despierta por las noches. Después ando dormida en el día, ajena, distante, arrastrando ese estado como una sombra gris oscureciendo mis ya características ojeras. Será algo innato, o causa de un trauma, o quizás los astros y las estrellas estaban alineadas de cierta forma cuando nací, que su luz me llenó de esos deseos de partir siempre. También admito que, muchas veces, hui por cobarde, por no querer enfrentarme a los problemas; pensaba que así se resolverían solos, que el nudo se desataría más rápido. Pero aprendí que los asuntos inconclusos te siguen a donde quieras que vayas (más con la realidad virtual paralela).

 

Foto: Ivana Taft

 

 

No pude evitarlo -tampoco quise- y me escapé de nuevo, otra vez, una vez más. No será la última, ni la primera.

 

Me sentí ruidosa, desarmada y sin una dirección exacta. Me sentí mundana y vacía, me sentí espiritual y extensa. Me sentí loca pero la vida estaba cuerda. Cuando quise correr, el tiempo se había detenido y cuando necesité parar, el avión ya había partido. Entonces me perdí, entre borrachera y libros, entre fotos y porros. Me extravié en cuentos que no eran míos, en las noticias y en los post de realidades que el celular me ofrecía tentador ante mi débil resistencia.

 

Foto: Ivana Taft

 

 

Me perdí entre cafés y almohadas, en el agua salada del mar, en el ruido del mercado los viernes a la mañana, pero nada fue suficiente. Miré por la ventana y todo estaba normal, alcé la vista y me encontré en un día sin retorno, en una semana olvidada y me aburrí de todo. Y el rugido ansioso de mi estómago, chillaba hambriento por querer escapar. Entonces deserté, aunque esta vez fue diferente.

 

No me escapé de la realidad de afuera, sino de las letras y las palabras que me exponían secretamente. Me escapé de mis escritos, de mis fantasías y de mis pensamientos. Me sentía enredada en telarañas infinitas en la pantalla de mi computadora y en hojas de historias fantásticas donde trataba de ocultarme, de ser otra, pero mis alas seguían doliendo debajo de mi piel.

 

Foto: Ivana Taft

 

 

Y no me fui. Quise, pero no me fui. Quise comprarme un boleto a la luna roja y desaparecer un rato, quizás extrañar un poco. Perderme en una ruta indefinida y sin retorno. Tomarme un bus de ida. Pero no lo hice. Abrí mis alas y no volé, miré el cielo y supe que sería inútil. Lo sabía: mi problema me iba a seguir a donde fuera, porque yo huyo de mí, más que de cualquiera.

 

 

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