Cuerpo volátil

Durante diez días, me descubrí. Con la luna, el sol y las estrellas. Acá, uno de los tantos relatos sobre una travesía de diez días, que empezó en el Mediterráneo y termino en el océano Atlántico, con destino final Islas Canarias.

 

Tengo sed. El rayo de luz está entrando por mi ojo derecho. Me molesta, y me quejo por dentro. No llevo lentes, y el cuerpo se incomoda. Las olas ganan fuerza, y yo me vuelvo chiquita. El océano me está intimidando. Y me pregunto ¿Yo quiero mis años así?

 

Me re-pregunto. La duda me molesta, porque me toma por sorpresa. Cuando crees tener todo claro, una nube se deposita en tu frente, y te hace bajar el ritmo. ¿Dónde voy? Mi humor se desvanece y se retuerce cuatro veces. Con tanto desorden, me desespero. Y a mi alrededor, hay gente. Y todo el caos interno, lo quiero sacar a la fuerza. Me enojo, me revelo de mis actividades, y desvío la mirada. Porque cuando algo no me gusta, tiendo a hacer eso. Es tanto trabajo interno ocurriendo, que no puedo mirar a nadie a los ojos. El calor en el estómago, las piernas queriendo correr, mis manos ansiosas y húmedas. Hasta esa etapa en que te miras al espejo, y te perdés.

 

Foto: Carolina Assanelli

 

 

¿Dónde está mi cuerpo? El océano te obliga a pensarte, al silencio. Y el viento que canta, como si te soplara justo en la cara. Las horas pierden sentido, tu ritmo biológico se maneja acorde al sol. Y es así, que comienzan a ser mis días.

 

Un espacio, reducido. Dormir largo y tendido, es impensado. Hacemos rotaciones de cuatro horas despiertos, y cuatro dormimos. Desayunamos a veces a las seis, a las doce y tal vez a las cinco de la tarde. No sé. La idea de ponerle nombre a cada comida me rompe. Yo prefiero decir que me alimento y punto. En el barco, no sirve eso del horario de "Lunch" o "Breakfast". Yo como lo que hay, y hasta el pan con tabasco y gusto a goma va bien. Otros días, cocinamos a lo grande, curry y platos enormes. Con el paso de los días en el mar, pierdo hambre. El cuerpo se alimenta de otras cosas. De espacios, de pensamientos, de reflexiones, lecturas, y estiramientos.

 

Cuando leí la Nave de los Locos, de Foucault, me quedó grabada una frase, en la cual justificaban esa nave, donde todos los diferentes iban, con esta idea del agua como purificación. Yo lo creo. Y lo defiendo. El agua me cura, me enamora y me potencia a querer más experiencias. Me da color, le pone movimiento a todo lo emocional.

 

Tengo miedo. Claro. ¿Por qué negarlo? De equivocarme en los sentimientos que van apareciendo. Porque, no los puedo dirigir a veces. Y soy tan explosiva, que se me salen por las venas. Lo despliego hacia fuera, y eso tiene un alto impacto en el contexto. A veces es increíblemente hermoso, y otras, me doy cuenta de que estoy actuando sin detenerme, sin hacer la lectura.

 

Foto: Carolina Assanelli

 

 

La boca tiene una velocidad audaz. A veces, casi como la del sonido. Así, sin más, tocás espacios que son ajenos. Y eso es justamente lo que te provoca navegar. El silencio. Te rompe la excusa, te obliga a mirarte, y a ser sincera con vos. Ya no hay tantos como para encontrar el motivo de tus estados. Acá estás vos, y esa inmensidad azul, que a veces es oscura y otras muy transparente.

 

Con los días, voy adaptándome a sus humores. El agua tiene sus humores, y hay que saber comprenderlo. También ahí, la paciencia y la prudencia son tus aliados. Cuando el mar se desorganiza, por efecto, vos también. Y si me toma desprevenida, con poca solidez en mis decisiones, me lleva puesta. Y pesalo, no es muy lejano a lo que nos pasa en el día a día. Mis estrategias o las tuyas, cuando pasa algo imprevisto y no estoy bien, son muy diferentes, que cuando sí lo estoy. La mirada del mundo cambia. Los espacios para poder ir corrigiendo las decisiones son más grandes y menos impulsivos.

 

Foto: Carolina Assanelli

 

 

Aprendí estos días que además del agua, el silencio también cura. Pero no habla de callarse. Hablo de silenciar esos pensamientos negativos, que me ponen de una manera no empática con el resto.

 

No sé. Hoy me pienso, y quiero entender. Y si no entiendo, quiero comprenderlo. Y si no comprendo, quiero respetar esa diferencia, y hacerla parte de mi nueva lección. A veces, muchas, hacer una lección parte de uno, implica desalojar personas en tu vida, e incorporar nuevas. Y no reniego. Que es necesaria la crisis y el dolor, para poder entender que, en primer lugar, algo tiene que desviarse hacia otro lado, y por otro, entender que parte de navegar, es concretar buenas maniobras durante las tormentas.

 

Y la próxima, ya tendré algunas maniobras más. El punto acá es, sentate hoy, frente a un espejo, mirate de frente. Tocate la cara, cada parte, las pestañas, la boca, la nariz, los ojos, reconócete. Porque esas mismas facciones, son las que te van a indicar cuándo hay que girar la dirección.

 

Foto: Carolina Assanelli

 

 

Yo creo que muchas veces, estamos silenciados por la hiperestimulación. Hay algo del orden de lo aplastante, que te obstruye dos cosas: la creatividad y el autodescubrimiento. Y cuando el contexto es estático, es momento de construir novedad.

 

Entonces, los reto a dos días de silencio electrónico. ¿Es posible?

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