¿Silencio colectivo ó ruido individual?

Quiero leer que piensan de este título. Que fue pensando con una intención. Pero antes, les dejo un poco de vida sobre el mar y el efecto de la pandemia como sujeto.

 

Todos. Todos hundidos en el mismo agujero. O en el mismo barco. O subidos a la misma nube. No hay una sola persona que haya quedado exenta del fenómeno. El mundo se detuvo por primera vez, de forma igualitaria. Y ese es el gran impacto colectivo.

 

Existen tantas explicaciones como sujetos. Todas con una variación, una tonalidad distinta. Pero al final, los actos son del mismo olor. Aislamiento y distanciamiento. En el humano, es un punto vulnerable. Somos sujetos sociales, de comunicación. Necesitamos del otro, porque somos en la mirada de otro. Y ese tal vez es el punto de inflexión y el gran desafío. Empezar a hacer rutina la introspección o la mirada para adentro. La crítica constructiva, y la pregunta. Me parece un llamado de atención interesantísimo.

 

Por otro lado, no me desentiendo que la situación ha aumentado la situación de vulnerabilidad para aquellos que venían en la línea, sobre la cuerda. Lo que no queríamos ver, vino a aclararse mucho más.

 

Hace 47 días, me encuentro en el mismo lugar como base. La marina de una de las hermosas islas de San Vicente y las Granadinas. Podríamos definirlo como un paraíso, el agua turquesa, el viento, un catamarán, y la posibilidad de recorrer todo, sin miedo. Pero sin poder dejar este lugar. Hay personas que piensan en un barco y se imaginan que estoy tomando ron y viviendo la vida relajada. Error. La vida a la deriva, es un trabajo intenso, y sobre todo, de cuerpo. Ocurren muchas cosas en la embarcación, cualquier dinamismo

en el contexto, afecta su comportamiento, y por ende, si no la chequeas, puede ser dañada. Es vulnerable y siempre está esperando ser protegida.

Los primeros días, respondió bien. Ella (embarcación) y nosotros. Ya nos conocemos. Es nuestra casa, pero nunca estuvo tan quieta como en este momento. Su lugar es aguas abiertas, el caribe mismo.  En la marina suceden algunas cosas. Por ejemplo, cuando hay luna llena, aumenta el nivel del agua, las cuerdas se tensan al máximo, y se escucha ese sonido de crujiente, como una vieja silla. Estos últimos días me ha vuelto loca, me desorganizó por completo. Y pienso que tal vez no es la cuerda, es la situación en general.

Ya sé lo que estás pensando, mi situación luce demasiado perfecta como para hacer descargas, ¿no? Bien, te cuento que toda decisión, tiene un impacto. El lugar en el que decidís estar, va a llevar siempre una revolución con vos. Es parte del combo, viene con la torta y sin servilleta.

 

 

Empecemos por el principio. La fábrica principal de la idea de la navegación, no fui yo. Fue mi pareja. Yo compré la idea, amo el mar, y descubrir el mundo ahí abajo. Y ahí nació un proyecto. Iniciamos nuestra búsqueda de trabajo durante dos meses, en los cuales, fuimos recorriendo algunos lugares de Europa, principalmente Palma de Mallorca. Nos formamos en Barcelona, donde yo terminé mi curso de buceo de aguas abiertas. Nos cruzamos con muchas personas, no podría olvidar jamás, todo lo que nos abrieron el alma para acompañarnos. Pero hay una figura, que me resulta casi impensado no nombrar en esta aventura, por su acompañamiento y la naturalidad con la que quiere a la gente, sin norma de por medio. Pepe, de vos hablo. Gracias por tan fuerte energía, y por tus historias. Tu casa, que nos contuvo, fue nuestro refugio bastante tiempo. Sin palabras hermano, esto sin duda, es para vos.

 

Y esto de encontrarte con historias caras y aromas diferentes, a mí personalmente me produce adrenalina, y me mueve. Y volviendo al principio, es lo que siento que nos fue quitado. No por error, claro. Había que darnos una palmada para abrir los ojos. Nos quitaron la capacidad de contacto, nuestro talón de Aquiles. ¿Te preguntaste alguna vez porqué las mujeres solemos ir al baño juntas? o porqué mirar un partido con amigos es mejor que la birra solo? Porque somos en relación, porque necesitamos saber que hay alguien cerca.

 

Me pregunto cómo nos vamos a besar en los próximos meses. Las caricias digitales, los emoticones reemplazando un abrazo. Los encuentros grupales online, si tenés el privilegio de internet, claro.

 

Unas de las cosas que más me gusta de las personas es sentir su respiración. Me percaté de eso hace poco, cuando profundicé mi práctica con el yoga. La respiración, como algo cotidiano, se nos escapa. Respiro involuntariamente, no me doy cuenta de cuantas vidas inhalo. Escucho a mi pareja respirar cuando duerme, me escucho al correr, y me acuerdo cómo era el sentimiento cuando estabas cerca de alguien. Este distanciamiento también vino a suprimir esos pequeños detalles de interacción entre nosotros.

 

Sin embargo, cuando el silencio nos rodea, es cuando oimos. Hace casi 7 meses vivo en una isla. Los sonidos más desquiciados son lo de los pájaros cuando se comunican. O la cadena del ancla sonando una y otra vez por esa fuerza contra el viento. Tal vez uno de los sonidos más hermosos que tuve es el de la ola cuando rompe en las rocas, o el del viento elevando su tono de voz. Si te pones a pensar, cada elemento se parece o despierta una emoción. A mí ese cruce entre olas y piedras me retrae al momento en que una idea hermosa aparece, casi como sorpresa, pero sabiendo que siempre estaba ahí. En la oscuridad. La quietud de la isla, donde somos aproximadamente casi 340 personas, me sanó. Y lo sigue haciendo, porque hay mierda adentro todavía, esperando ser vaciada.

 

No es fácil. No es solamente margaritas blancas y sol por todos lados. El desafío acá, es justamente ese encuentro con vos. Que puede resultar caótico. A veces pienso cómo sería si volviera a vivir en el ruido, la ciudad, con estímulos por todas partes. No sé. Me asusta un poco la idea, pensar en cómo voy a reaccionar. Es que el viaje que inicié desde que estamos acá es muy para adentro. A veces quiero estar sola, y pido mi momento. Quiero estar quieta y en blanco unos minutos. Lo necesito, y con el tiempo empezó a ser parte de un hábito. Es una cita conmigo misma, donde me cuestiono reacciones y me pregunto sobre emociones que desconocía. Aparecieron muchas cosas este tiempo, principalmente, recuerdos. Muchos recuerdos. Cuando estás mucho tiempo solo, con las mismas caras a tu alrededor, se torna algo extraño. Es como si tu mente buscara recuerdos como para despertarte de esa anestesia. Este último tiempo, me acordé mucho de mi hermano y de nuestras peleas salvajes. También de mi primera perra, la guitarra con mi amigo Jony, mis noches de lectura con Aimara, los mates con Jengibre de mi mamá, el aguante de mis amigas amparitos (ellas saben quienes son), las palabras de Martin incitándome a irme y volar afuera, las lágrimas de mi papá, las palabras sanadoras de Mai, la fortaleza de Francesca, el dolor en la piel de Brenda, y la resiliencia como mujer de Tamara, a quien admiro en silencio.

 

Si me pongo a pensar, todas estas recreaciones han sido parte de mi historia, y hoy, sentada en la proa del barco, pienso que han sido el material de mi formación actual. Y parte de mis decisiones.

 

 

El haber migrado, produjo las distancias adecuadas y los acercamientos propicios. Fue un filtro natural. Es así, a veces nos amamos pero estamos transitándonos y construyéndonos de forma distinta y uno debe ser honesto con ese hecho. El mar provoca eso. Aceptar que hemos perdido el control, que afuera hay algo muchos más grande, y que nosotros somos un punto en todo el mapa. Soltar lo que por mucho tiempo estuve queriendo retener.

Relaciones, ideales, trabajos y elecciones. Porque de eso se trató siempre este viaje, de armarme de nuevo, sin normas estipuladas, sino de marcos creados y aprendidos por mí.

 

Si pudiera volver el tiempo atrás, dejaría cada pieza como está. No cambiaría nada, porque justamente es por ellas, que hoy elijo estar acá.

 

 

 

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