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  • Martín Klajnberg

Entrevista a Alejandro Roisentul

Actualizado: sep 16

“Cuando logras que el que te veía como un enemigo te vea como una persona, te das cuenta que es posible vivir en paz”

Roisentul decidió hacer aliá a sus 24 años, un verano de 1989. Más de tres décadas después, mira hacia atrás y reflexiona sobre los desafíos que debió enfrentar en su carrera y descansa sobre sus logros, entre los que figura una propuesta al Premio Nobel de la Paz por sus tareas humanitarias atendiendo a heridos de la guerra civil de Siria.

Fotos: cedidas por el entrevistado


El odontólogo Alejandro Roisentul hizo aliá en 1989. " Llamamos a la Sojnut, y en 40 días ya estábamos en Israel".


Cuando en el verano de 1989 tomó la decisión de dejar su casa en Buenos Aires, su clínica odontológica y a todos sus afectos para hacer aliá junto a su pareja, lo último que pensó Alejandro Roisentul es que 24 años más tarde, en un hospital de la Alta Galilea, iba a enfrentarse a un dilema que le cambiaría la vida.

El 7 de febrero de 2013 recibió un llamado urgente de la sala de emergencias para atender a heridos sirios. “¿Qué son ‘heridos sirios’?”, preguntó extrañado a su compañero, cirujano maxilofacial como él. La sorpresa fue mayor al encontrarse con malheridos de balas, de bombas y esquirlas, todos ellos víctimas de la trágica guerra civil que persiste en Siria hasta el día de hoy. Tras consultar con la dirección del hospital, Roisentul emprendió la tarea que a los tempranos seis años decidió que sería su vocación: curar.

Desde esa mañana de febrero, el Centro Médico Ziv, ubicado en la antigua ciudad de Tzfat, atendió a más de 1500 sirios que, ante la falta de infraestructura médica en sus poblados, se acercaban a la frontera con Israel en un desesperado pedido de auxilio. La labor que durante cinco años realizaron incansablemente los médicos del hospital llevó al presentador y comediante estadounidense Conan O’Brien a soltar una frase que marcaría la historia de Roisentul: “Por lo que hacen, ustedes merecen el Premio Nobel de la Paz”.

Esa frase tuvo eco en distintos ámbitos, fue replicada y llegó hasta los oídos de su país, donde comenzó a figurar en los diarios que un médico argentino había sido propuesto para el prestigioso reconocimiento. Más allá de la satisfacción, el valor de la mención, reflexiona Roisentul, es mostrar que “siendo una persona simple, sin ser Superman, podés cambiar algo en el mundo”.

En agosto de 2017, la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires lo reconoció como una personalidad destacada en el ámbito de los Derechos Humanos. Ha llevado sus vivencias con los pacientes sirios a diferentes espacios, siempre con un mensaje esperanzador para la humanidad. “Nunca hay que dejar de buscar la paz”, sostiene.

Mirando hacia atrás, Roisentul revive lo sucedido desde la misma oficina en el subsuelo del hospital en la que recibió ese llamado que le cambió la vida. Recuerda cómo fue “rompiendo el hielo” con los pacientes sirios, que al principio lo miraban con recelo, para descubrir las similitudes que los unen, dejando atrás las diferencias que los separan. “Aprendí que a la larga podés encontrar del otro lado de la valla a una persona que es como vos, que es padre, que es hijo, que es hermano, y que quiere lo mismo que vos: vivir en paz y tranquilo”, piensa.

Las experiencias que le dejaron esos cinco años de trabajo humanitario lo convencieron de que a través de la medicina llegará la paz. Prueba de eso son los gestos de afecto recibido de aquellos a los que les salvó la vida. Recuerda el momento en el que un paciente de 17 años, con ojos llorosos, le dio un abrazo. “Esos son momentos sublimes, en los que ves que lograste que el que te veía como un enemigo te vea como una persona. Te das cuenta que eso es posible, que es cuestión de bajar las guardias, de desarmar esas corazas que nos cubren y decidir vivir en paz. Somos seres humanos, debajo de la piel somos todos de carne y hueso, no somos distintos”, reflexiona.



El Dr. Roisentul atendiendo a un niño sirio en el Centro Médico Ziv

¿Cómo decidiste hacer aliá y qué te trajo al norte de Israel?

Lo que me trajo a Israel fueron los cortes de luz. Así fue. En el verano del ‘89 había problemas de electricidad en Buenos Aires, entonces había que ahorrar energía y se había decidido hacer cortes de luz por zonas de la ciudad. Yo en ese momento tenía una clínica en el barrio de Villa Crespo, recién estaba comenzando. En ese verano estaba con mi familia en la costa argentina, en Miramar, y me había organizado para volver y atender a los pacientes en función de los cortes de luz que estaban programados y se anunciaban a través del diario. Entonces me volví de la playa para atender, tenía los pacientes esperando y cuando llegué no había luz. Ahí me enteré que no se cumplían los cronogramas, me había vuelto especialmente, tenía programados los turnos y no podía atender. Entonces volví a Miramar y le dije a mi pareja que no me quería quedar en Argentina.

En realidad, el tema venía ya de antes, esa fue la gota que rebalsó el vaso, pero desde que terminé la universidad ya tenía ganas de estudiar en el exterior. Muchos amigos se habían ido a España, a Canadá, a los Estados Unidos… y yo también quería abrir un poco los horizontes. Mi esposa, que viene de una familia muy sionista y muy ligada a la comunidad judía, me dijo que, si un judío deja su lugar de origen, el primer lugar al que tiene que ir es a Israel. En ese momento, lo que pensé fue: ¿qué tengo que ver yo con Israel? Soy un judío de Argentina, de familia tradicionalista, pero muy arraigado al país, a la familia. Yo no entendía la relación entre el bienestar y la seguridad de la comunidad judía en la Diáspora con el Estado de Israel. Y aunque no lo entendí en ese momento, la idea me quedó dando vueltas en la cabeza.

Cuando pasó lo de los cortes de luz, le dije a mi mujer “nos vamos”. Llamamos a la Sojnut, y en 40 días ya estábamos en Israel. Nos casamos, dejamos todo y nos vinimos para acá.

Vinimos al norte por una sola razón: el “sheliaj” nos dijo que había lugar en el Mercaz Klitá (Centro de Absorción) de Tiberias. Y nos quedamos en el norte, lo que fue una gran decisión. Muchas veces la gente que no conoce mucho, como era mi caso, que no conocía Israel, piensa que en las grandes ciudades es donde hay más posibilidades. Pero, a veces, cuando uno va a la periferia las posibilidades de desarrollo son mayores.

¿Cómo es vivir tan cerca de la frontera, a tan pocos kilómetros del Líbano y de Siria, que suele presentar conflictos?

Acá siempre hay guerras, o guerrillas, pero son operaciones que duran poco, una o dos semanas. Al poco tiempo de llegar, en el ‘90, comenzó la Guerra del Golfo. Como alguien que no nació en Israel, no tenía idea de lo que era la guerra, los misiles, no lo podía ni imaginar. Pero en ese momento cayeron misiles en Tzfat, incluso acá en el hospital. Esa es una realidad que la gente la vive, no es algo imaginario. Cuando empezó la guerra en el ‘90, y comenzaron las sirenas y demás, recuerdo que mi mamá me llamaba y me preguntaba: “¿estás cerca?”. Y yo le explicaba que Israel es muy chico, y uno siempre está cerca. No importa a dónde vas, siempre estás cerca o de Siria, o del Líbano, o de Jordania… Es cierto que Tzfat es prácticamente una ciudad limítrofe, porque está a 10 kilómetros del Líbano y a 40 de Siria, y tenemos la lamentable oportunidad de escuchar la guerra, los ruidos de las bombas. En Rosh Pina, donde yo vivo, se ve todo el límite con Siria, y cuando hay problemas allá se escuchan los helicópteros, las explosiones, y antes de que salga en las noticias ya sabemos que hay conflictos. Cuando escuchamos esos ruidos, pero del otro lado, sabemos que está pasando algo en el Líbano. Como mi casa es de madera, cuando hay bombas toda la casa tiembla, y así nos damos cuenta que algo pasó. La guerra se siente, es palpable, no es algo que pasa allá lejos… se siente, se escucha, y hasta se huele a veces. Es una realidad muy fuerte, pero te da explicaciones y respuestas del por qué uno hace aliá, del sentido que tiene ser parte del pueblo de Israel, parte activa en la historia, aunque sea una parte muy pequeña.


Roisentul en la entrada del consultorio donde opera a los pacientes en el hospital Ziv.

En 2013 comenzaron a recibir en el hospital a pacientes de Siria. ¿Cómo fue ese momento y cuáles fueron tus sensaciones?

Fue sorpresivo. Se sabía que había una guerra civil en Siria, y sabíamos que había problemas, como los hay ahora, que también está muriendo gente. Era febrero de 2013, estábamos acá trabajando y de repente nos llaman de la sala de emergencias para que vayamos con los demás cirujanos con urgencia porque había heridos sirios. Inmediatamente nos dirigimos hacia allí y en el camino dijimos: ¿qué son “heridos sirios”? No entendíamos de qué se trataba. Llegamos a la sala de emergencia y nos encontramos con gente joven con heridas de bala, de esquirlas, hicimos las radiografías. Algunos de ellos necesitaban cirugías. La pregunta era: ¿qué hacemos? No eran ciudadanos, no tenían seguro médico, ni siquiera tenían pasaportes y algunos estaban inconscientes y no podíamos hablar con ellos. Pedí hablar con el director del hospital, porque no sabíamos qué hacer, porque según las Naciones Unidas cuando recibís un herido de otro país, la obligación es salvarle la vida, pero no más que eso. Hacer lo mínimo indispensable para que la persona no muera y devolverlo a su país. Hablé con el director del hospital, le expliqué la situación, que había que realizar tratamientos de alta complejidad, con equipamiento muy costoso. La respuesta fue: hay que atenderlos como a cualquier otro paciente, como si fueran israelíes. Desde entonces, durante cinco años, atendimos en este hospital a más de 1500 heridos sirios. Al principio eran tratamientos de emergencia, pero durante los últimos dos años recibimos gente electiva, que quería venir a atenderse acá, porque del otro lado de la frontera no había ningún tipo de atención médica. Hospitales, sanatorios, todo había sido destruido por las bombas.

¿Cómo llegaban hasta el hospital?

Se acercaban a la frontera de diferentes maneras: a pie, en mula, en moto, en auto… llegaban a la frontera, que es una frontera cerrada en la que no se puede pasar. Ahí el ejército israelí los dejaba pasar y los ponía en ambulancias de las FDI en las que los traían al hospital. Y acá se quedaban durante el tratamiento, que podía durar meses. Cuando alguien está malherido y se lo trata, generalmente se lo manda a hacer rehabilitación a su casa y se le indica que vuelva en dos o tres semanas para un control… eso no lo podíamos hacer con ellos, no podíamos mandarlos a sus casas y decirles que vuelvan, entonces permanecían en el hospital. Tampoco podían salir y estar en el país, por su propia seguridad, entonces el ejército no los dejaba salir del hospital. Paradójicamente, nosotros protegíamos y cuidábamos a los sirios, donde se ve que queman a veces banderas israelíes. Y de repente ves que esa misma gente te pide ayuda. Es un dilema.



En agosto de 2017 Roisentul fue reconocido como personalidad destacada de la Ciudad de Buenos Aires en el ámbito de Derechos Humanos.


- ¿Cómo viviste vos ese proceso? ¿qué te pasaba por la cabeza? ¿Qué te produjo esa diferencia de idiosincrasia, de cultura, de idioma con los pacientes sirios?

Al principio no me daba cuenta del peso de la responsabilidad que me cayó en ese momento al recibir heridos de un país enemigo. No sabía si atenderlos, qué hacer, cómo manejar esa situación.



Del lado de los pacientes ¿Cuáles eran las reacciones? ¿Se rompen esas barreras culturales fácilmente? ¿Cambia su mirada respecto a Israel?

Un punto importante que quiero destacar es que nosotros como pueblo judío hacemos las cosas que hay que hacer porque hay que hacerlas. No nos preguntamos si eso es bueno o no para nosotros. Tenemos nuestros códigos éticos desde hace ya tres mil años, desde Moisés hasta nuestros abuelos, nuestros padres, y los llevamos nosotros hoy en día. Nosotros atendimos a los sirios porque necesitaban ayuda y había que hacerlo, sin evaluar si iba a ser algo bueno o si iba a cambiar su mirada respecto a Israel. Alguna vez alguien me dijo que lo hicimos por política, para “quedar bien”. Eso es muy lejano a la realidad. En ese momento no se piensa en eso. Cuando hay un herido en la sala de emergencias uno no se dice a sí mismo “bueno, voy a atenderlo para quedar bien y que después nos vean diferente”. Eso es ridículo, en ese momento se te está muriendo un nene y tenés que atenderlo. No hay tiempo para pensar en política.

Sin embargo, esto me enseñó que a la larga podés encontrar del otro lado de la valla a una persona que es como vos, que es padre, que es hijo, que es hermano, y que quiere lo mismo que vos: quiere vivir en paz y tranquilo. Y ellos también se dieron cuenta. Al principio, ellos venían con miedo y nos miraban con mucho recelo, con desconfianza. Cuando pasó el tiempo, y venía más gente, la relación fue cada vez más amistosa.

Puedo contar el caso de un chico de 17 años al que atendimos. Al principio no hablábamos, era todo muy serio y distante. Y después de estar un tiempo acá, antes de irse, me miró con ojos llorosos, y yo lo miré a él también, como diciéndonos “ahora entendemos lo que pasa”. Habíamos roto el hielo, y nos dimos un abrazo. Esos son momentos sublimes, en los que ves que lograste que el que te veía como un enemigo te vea como una persona. Te das cuenta que eso es posible, que es cuestión de bajar las guardias, de desarmar esas corazas que nos cubren y decidir vivir en paz. Somos seres humanos, debajo de la piel somos todos de carne y hueso, no somos distintos.

Cuando fue la explosión en Beirut a principios de agosto, el hospital se puso a disposición para mandar asistencia y atender pacientes, lo que finalmente no sucedió. ¿Cómo se vivió eso puertas adentro?

Acá estamos en Medio Oriente, donde nunca está todo tranquilo. En hebreo cuando hay silencio se dice que es “sheket matuaj”, un silencio tenso. Entonces uno está siempre preparado para estas cosas, que nunca se sabe de dónde van a venir. Cuando fue la explosión en Beirut, enseguida recibimos la orden del hospital de estar preparados porque podían venir libaneses para ser atendidos.

Al margen de esto, yo estoy organizando un grupo de cirujanos maxilofaciales de todo el mundo para formar un equipo junto con la Organización Mundial de la Salud para salir a atender a esos lugares cuando pasan cosas como esas, que en 24 horas tenes que estar en el lugar. Las tratativas se pausaron por el COVID-19, pero estoy liderando esa iniciativa con la OMS para poder atender a esa gente, que no importa si son del Líbano, de China, de Francia o de donde sea. Nosotros no hacemos diferencias: un herido es un herido. Y justamente con el Líbano, no sabemos si harían lo mismo por nosotros. Probablemente no. ¿Líbano pondría una bandera de Israel en el edificio de la municipalidad de Beirut? Seguramente no. Pero nosotros sí lo hacemos, porque vamos un paso más allá.


Roisentul con el presentador estadounidense Conan O’Brien.

¿Cómo fue que te propusieron para el Premio Nobel de la Paz?

Tzfat es la ciudad de la kabalá, que enseña que todas las palabras tienen sentido, y que todo lo que sale de tu boca queda en el aire, ya no te pertenece. Cuando estuvo acá el presentador de televisión y comediante estadounidense Conan O’Brien, vio lo que hacíamos y visitó a los pacientes sirios. Pidió hablar con nosotros, me hizo una entrevista y le conté cómo era nuestro trabajo. Después de esa nota y de ver lo que hacíamos, O’Brien me dijo: “por todo lo que hacen, se merecen el Premio Nobel de la Paz”. Eso lo dijo acá en Tzfat, y quedó en el aire. Después estuve en Estados Unidos dando charlas, en Philadelphia, en Miami, en San Francisco y demás. Y ahí fue como salió la proposición de los médicos del Hospital Ziv para que recibamos el Nobel de la Paz. La prensa lo escuchó, lo difundió y así fue.



La noticia seguramente te llenó de satisfacción y de orgullo… ¿Cómo lo viviste?

Me enteré cuando estaba en Miami, eran las 5 o 6 de la mañana, después de esta gira por todo Estados Unidos. En eso, recibí un llamado de la Embajada de Israel en Argentina preguntándome qué había pasado y qué era esto del Nobel. Yo no entendía qué pasaba. Ahí vi en los medios argentinos que un médico argentino había sido propuesto para el Nobel de la Paz y estaba dando vueltas por todos lados. Así me enteré.

Más allá de lo que fue el premio en sí, el gran triunfo es haber ligado lo que es una mención a un Nobel de la Paz con un trabajador de la salud, un argentino-israelí. El premio por supuesto sería una gran alegría, pero el hecho de que se haya hablado de lo que pasa acá, de que se conecte este premio con un cirujano de Israel encierra todo ese mensaje. Una persona que nació en Buenos Aires, que estudió allí, que fue al club Macabi, que hizo aliá a los 24 años recién casado y sin nada, que se mudó a Israel con muchas ganas de trabajar y de hacer algo por el pueblo de Israel, y que llegó a Tiberias junto con etíopes y otros inmigrantes que buscaban un futuro. Que además hizo el ejército como oficial médico, que tuvo acá una familia con tres hijos, y que trabaja en un hospital… Muestra que, siendo una persona simple, sin ser Superman, podés cambiar algo en el mundo y lograr algo bueno para el pueblo de Israel.


El Centro Médico Ziv, en Tzfat.

¿Crees que es posible alcanzar la paz?

Yo pienso que la paz es un proceso, más que algo que se define. Creo que lo que uno tiene que hacer es buscar la paz siempre, toda la vida. Nunca dejar de buscarla.

¿Qué es Israel para vos?

Al principio dije que cuando era chico no entendía la conexión entre la comunidad judía e Israel. Hoy en día, después de tanto tiempo, puedo decir que Israel es todo eso: es la colectividad de la Diáspora, todo ese pueblo fantástico compone al pueblo de Israel, que tiene su epicentro, su base, en el Estado de Israel. Es el fuego, es la Cúpula de Hierro que va a proteger a cualquier judío en cualquier parte del mundo, sea un judío de Alaska, de Sudamérica o de Jerusalem. Estamos para eso: para proteger a todos los judíos del mundo.



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